El principal interrogante no es quién domina el campo de batalla inmediato, sino si la guerra escalará hacia un enfrentamiento regional prolongado e insostenible para alguna de los actores en conflicto.

Por Jorge Agurto

Al día 5 de marzo el nuevo capítulo de la guerra ya ha cobrado según diversas fuentes más de 1200 muertos y 6000 heridos en Irán. La muerte de aproximadamente 160 fallecidos en un ataque contra una escuela de niñas es la imagen más escabrosa de esta temeraria agresión.

Sin declaratoria de guerra, pisoteando el derecho internacional el ataque a Irán se produjo a pesar de los diálogos y compromisos de este país sobre la no producción de armas nucleares.

No debemos olvidar que un día antes de la agresión iniciada el 28 de febrero Badr Albusaidi, ministro de Relaciones Exteriores de Omán, viajó a EE. UU. para compartir con Trump los avances en las negociaciones para asegurar que Irán no tenga una bomba nuclear.

Como lo destaca el economista Michael Hudson y otros analistas la guerra fue atizada por la coalición tenebrosa de Trump y Benjamín Netanyahu, quienes coinciden en “aprovechar” la guerra para intentar distraer a sus opiniones públicas nacionales en aras de fortalecer sus candidaturas electorales.

Ellos parten del supuesto entendido –que considero erróneo o fallido– de que estar en guerra favorece la popularidad. 

La muerte de soldados norteamericanos y el inicio de una guerra sin permiso del Congreso puede afectar el liderazgo norteamericano de Trump quién además busca en la guerra distraer el escándalo Epstein.

Al respecto, medios y analistas califican a Trump y Netanyahu como la “dupla Epstein”, condenado por delitos sexuales, quién habría compartido una red de poder e influencias que los vinculaba a ambos en la perversión y el mal.

Al 5 de marzo las bajas de EE. UU. e Israel son pequeñas comparadas con las sufridas por Irán. Israel tendría 9-11 personas muertas y 486 heridos mientras que EE. UU. tendría 6 soldados estadounidenses y algunas decenas de heridos.

Otros países del Golfo como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin por misiles y escombros de interceptaciones registran muertos y heridos en menor cantidad.

La guerra muestra una gran asimetría inicial, con el mayor número de víctimas en Irán debido al carácter ofensivo de la campaña aérea estadounidense-israelí.

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán muestra una asimetría clara en los costos financieros, es decir, una gran diferencia entre lo que cuesta atacar y lo que cuesta defenderse.

En términos generales, Irán utiliza armas relativamente baratas, como drones y misiles de menor costo, mientras que Estados Unidos e Israel dependen de sistemas de defensa muy sofisticados y mucho más caros. Esto significa que, en muchos casos, derribar un ataque puede costar varias veces más que lanzarlo.

Por ejemplo, un dron o un misil simple puede costar decenas de miles de dólares, pero interceptarlo con sistemas como Iron Dome, Patriot o THAAD puede implicar el uso de misiles defensivos que cuestan cientos de miles o incluso millones de dólares cada uno.

Esta diferencia genera lo que los analistas militares llaman una “asimetría económica”: el atacante puede gastar poco dinero para obligar al defensor a gastar mucho más.

En su respuesta militar, Irán combina misiles balísticos de corto y mediano alcance, misiles de crucero y drones de ataque o reconocimiento, armas mucho más económicas que los agresores.

Su arsenal es amplio, con capacidad para proyectar poder a través de la región hasta Israel, el Golfo Pérsico y partes más distantes de Oriente Medio.

Armas de ataque usadas por Irán

Sistemas defensivos de Israel y EE. UU.

Sin embargo, la asimetría no solo se ve en el costo de las armas. También se refleja en el impacto económico sobre cada país. EE. UU. podría sostener operaciones militares costosas durante más tiempo sin que su economía se vea tan afectada.

Israel, aunque más pequeño, cuenta con el respaldo financiero y militar estadounidense, pero podría afectarse en un conflicto que se prolongue demasiado.

En cambio, Irán tiene una economía más limitada y además enfrenta sanciones internacionales, por lo que los daños a su infraestructura o a su producción energética pueden tener consecuencias mucho más graves.

En resumen, Estados Unidos gasta más dinero en términos absolutos, pero Irán puede sufrir pérdidas económicas más duras en relación con el tamaño de su economía y población.

Al mismo tiempo, la diferencia entre el costo de atacar y el de defenderse puede convertir el conflicto en una guerra de desgaste financiero, donde el desafío no es solo militar, sino que tiene un importante comnponente económico.

En su primera fase, el conflicto muestra una ventaja militar clara para Estados Unidos e Israel, especialmente en el dominio aéreo. Sin embargo, Irán conserva capacidad de represalia y redes regionales que podrían ampliar el conflicto.

El principal interrogante no es quién domina el campo de batalla inmediato, sino si la guerra escalará hacia un enfrentamiento regional prolongado e insostenible para alguna de los actores en conflicto.

Según H. A. Hellyer, experto en seguridad en Medio Oriente del centro de estudios Royal United Services Institute (RUSI) de Reino Unido, el enfoque militar de Irán no es derrotar a EE. UU. o Israel “en una guerra convencional”.

Su enfoque estratégico principal es en hacer que cualquier conflicto sea “prolongado, regionalmente disperso y económicamente costoso”.

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