Hoy es el último día de los ocho años de gestión de Consuelo Porras al frente del Ministerio Público, en el que ha sido, sin el menor asomo de duda, el peor período no solo del ente investigador, sino de cualquier institución pública a lo largo de la vida nacional. La era Consuelo pasará a la historia porque se distinguió, precisamente, por dar extraordinario y descarado consuelo a los mayores y más cínicos corruptos del país, con todas las denuncias que ella puso a cuidar con un diligente ángel que las engavetó.

Son 2,922 días (incluyendo los de dos años bisiestos) de cínico y descarado encubrimiento para cumplir con el compromiso que hizo a cambio de obtener el nombramiento con dos presidentes, Jimmy Morales y Alejandro Giammattei, quienes se encargaron de institucionalizar la podredumbre de la corrupción en Guatemala. Al momento de escribir esta nota, no se puede descartar alguna maniobra de última hora y desesperada, pues de ella y su gente se puede esperar cualquier cosa, porque no hay siquiera una pizca de vergüenza.

El caso es que Consuelo Porras y sus achichincles, sancionados no solo por Estados Unidos y la Unión Europea, sino por la comunidad internacional de forma casi unánime, deberán entregar el cargo y, con ello, es obligado que principie también una justa y correcta rendición de cuentas para medir los daños causados al sistema de justicia y, peor aún, al país, al abrir de par en par las puertas para los negocios con los fondos públicos, ya que todo ladrón sabía que estaría apañado y protegido por Porras y sus secuaces.

La Hora se encargó de documentar no solo los días de encubrimiento a Giammattei y a Miguelito, su Jefe de Jefes, sino muchos de los casos que fueron sistemáticamente enterrados por Porras para cumplir con su compromiso con quienes, precisamente para ello, la nombraron como Fiscal General. Uno a uno, todos los casos de corrupción, aún de gobiernos anteriores a los dos ya referidos, fueron cayendo por “falta de pruebas” debido a que el ente investigador no las presentó y hasta destruyó las existentes. Maletas llenas de dinero y propiedades mal habidas fueron devueltas a los saqueadores del erario gracias a la extraordinaria “diligencia” de Porras, su angelito y el séquito encargado del encubrimiento.

El fin de la era Consuelo debe ser el principio de la era de la justicia y empezar por deducir responsabilidades a quienes pusieron al Ministerio Público como el gran encubridor de la corrupción. Es indispensable sentar un precedente para que en el futuro no nos vuelva a aparecer un esperpento de ese calibre.

Redacción La Hora

Fuente: lahora.gt

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