«Pero quizás el mayor síntoma de desgaste no está en los fracasos tácticos ni en los límites geopolíticos, sino en el colapso interno de la moral militar. Un estudio conjunto de la Universidad de Tel Aviv y el propio ejército israelí reveló que al menos un 12 por ciento de los soldados desplegados presenta trastorno de estrés postraumático. El Ministerio de Defensa reconoció que más de 15 mil uniformados han requerido atención médica y que un 35 por ciento de ellos recibe tratamiento por afecciones psicológicas.»

Por: Nicolás Romero

El ejército israelí ha comenzado el repliegue de la División 98 de la Franja de Gaza y anunció oficialmente el fin de la operación Carros de Gedeón, una campaña militar iniciada en mayo con el objetivo de desmantelar a Hamas, rediseñar el mapa de seguridad en Gaza y agrupar a la población palestina en zonas de separación. Ninguno de esos objetivos fue cumplido.

El vocero de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), Daniel Hagari, reconoció en conferencia de prensa que “hemos completado los objetivos inmediatos en la zona norte, y ahora las fuerzas se reposicionan”. Sin embargo, los medios israelíes y diversos centros de estudios han informado que la retirada responde más a una necesidad que a un éxito. En palabras del comandante de la reserva, coronel Eyal Naveh: “Sin el apoyo aéreo constante de EE.UU., nuestras tropas no podrían sostenerse en un territorio hostil como Gaza”.

El fracaso en el terreno se suma a la imposibilidad política de invadir el Líbano. Las amenazas de Hizbullah y la firme advertencia de Irán durante los doce días de guerra en abril, marcaron un punto de inflexión. “Responderemos a cualquier agresión con una fuerza mayor”, afirmó el general de brigada Abolfazl Shekarchi, portavoz de las Fuerzas Armadas iraníes, durante el pico del conflicto. La ofensiva de Teherán sobre los Altos del Golán y bases estratégicas dejó en evidencia la vulnerabilidad israelí. Varios altos mandos señalaron en privado que, sin el escudo estadounidense, “la derrota habría sido inevitable”.

Pero quizás el mayor síntoma de desgaste no está en los fracasos tácticos ni en los límites geopolíticos, sino en el colapso interno de la moral militar. Un estudio conjunto de la Universidad de Tel Aviv y el propio ejército israelí reveló que al menos un 12 por ciento de los soldados desplegados presenta trastorno de estrés postraumático. El Ministerio de Defensa reconoció que más de 15 mil uniformados han requerido atención médica y que un 35 por ciento de ellos recibe tratamiento por afecciones psicológicas.

“El número de suicidios ha aumentado en forma alarmante. No es solo una crisis médica, es una fractura moral”, indicó el psiquiatra militar David Mizrahi, en entrevista a Haaretz. Según el portal israelí i24NEWS, la factura de la guerra no solo se mide en bajas, sino en “vidas rotas por el trauma, el aislamiento y el abandono del Estado”.

Israel no logró restablecer control territorial duradero en Gaza, fracasó en recuperar a los prisioneros y no ha podido disuadir a Hamas, que continúa activo en múltiples sectores del enclave. Al mismo tiempo, el frente con Líbano permanece abierto y el ejército israelí ha admitido que no puede dar pasos decisivos en una guerra terrestre sin exponer su retaguardia.

La estrategia de ocupación enfrenta ahora su límite más claro: la imposibilidad de imponer una victoria sin una catástrofe humanitaria irreversible, que ya ha dejado más de 60 mil mártires palestinos, en su mayoría mujeres y niños. A esto se suma el aislamiento diplomático y el creciente descontento interno, marcado por protestas de reservistas, familiares de soldados caídos y movimientos pacifistas.

Israel no puede ganar esta guerra. Puede prolongarla, intensificarla o desplazarla a otros frentes, pero no puede avanzar. Cada nuevo movimiento militar solo confirma su agotamiento político, moral y estratégico. Y aunque las armas sigan tronando, los signos de derrota ya resuenan dentro de sus propios cuarteles.

Deja un comentario