Las organizaciones se han apropiado de una conmemoración de la historia oficial, que hasta principios del siglo XXI recordaba la revolución liberal de 1871, icónica porque es el hito histórico que funda el excluyente Estado guatemalteco y conmemoraba la fundación del Ejército Nacional.
Pero ¿Cómo una sociedad puede seguir conmemorando a un ejército que surgió para reprimir e imponer un modelo de estado autoritario, represivo, excluyente y profundamente racista? Y sobre todo que durante la guerra fue instrumento de exterminio contra la población civil que el estado declaró enemigo interno?
El camino de las organizaciones de víctimas ha sido doloroso y largo pero valiente y persistente. A principios de la década del 2,000, grupos de jóvenes, de la Organización Hijos y otras agrupaciones, empezaron a sabotear el entonces desfile militar, que con bombos y platillos seguía saliendo este día a demostrar su poderío e impunidad.
Poco a poco año con año, arrinconaron el desfile militar a los cuarteles al punto que hoy poco se sabe de esa vieja tradición, y cambiaron el significado del día para recordar que en Guatemala, durante la guerra el Estado cometió graves violaciones a los derechos humanos.
El 30 de junio es ahora un día para recordar, que hay 45 mil detenidos desaparecidos de los que ni el Estado ni el ejército han dicho donde están; que se cometieron más de 600 masacres a población civil, principalmente en regiones de pueblos originarios; que en las zonas declaradas como insurgentes se obligó el desplazamiento forzoso de más de un millón de personas; hechos que destrozaron vidas, familias y comunidades enteras.
Recordar que pese a la gravedad e inhumanidad de lo ocurrido, los discursos oficiales siguen negando lo ocurrido y que en casi 30 años de firmada la paz, el esfuerzo para dignificar y reparar los daños han sido mínimos y que pese a algunos avances en procesos judiciales contra violadores a los derechos humanos, hay una guerra simbólica de los grupos dominantes para preservar la impunidad de los perpetradores.
Recordar que la crisis del sistema de justicia que actualmente se vive en el país tiene su origen es ese intento de las clases dominantes por controlar la narrativa del pasado, que les ha proveído de todas la condiciones para servirse del Estado y que este funcione para sus intereses.
El 30 de junio, en su significado ganado hoy importa por eso, porque evidencia que las luchas por la memoria transforman el presente, que se pueden arrebatar símbolos y desde esa lucha impulsar miradas de la sociedad que reivindiquen la memoria de las víctimas, denuncien lo ocurrido y nombren a quienes antes y ahora promueven el silencio, el olvido, la corrupción y la impunidad.