La reforma laboral impulsada por Javier Milei, Luis Caputo, Patricia Bullrich, Santiago Caputo, & el redactor de la LEY Federico Sturzenegger; no es una actualización técnica: es un cambio de régimen que debilita derechos históricos y traslada poder desde el trabajador hacia la empresa.

El oficialismo celebró su aprobación en Diputados el 19 de febrero de 2026 y su avance en el Senado como si se tratara de una hazaña modernizadora. Pero conviene llamar a las cosas por su nombre. No estamos ante una “reforma pro-empleo”. Estamos ante un rediseño de la relación capital–trabajo que altera el equilibrio construido desde mediados del siglo XX en la Argentina.

La metáfora es clara: el mercado laboral argentino era una casa con cimientos sindicales y paredes de negociación colectiva. La reforma no la refacciona; le quita columnas estructurales y la deja a merced del viento.

El derecho a huelga queda condicionado hasta la irrelevancia.

La obligación de mantener niveles de actividad del 75% en servicios esenciales y del 50% en otros sectores vacía de eficacia la herramienta central de presión colectiva. Si la huelga no interrumpe, no negocia. Si además se establecen sanciones y exigencias formales estrictas, la protesta deja de ser un derecho para convertirse en una concesión administrativa. Esto tensiona estándares internacionales fijados por la Organización Internacional del Trabajo, que reconocen la huelga como pilar de la libertad sindical.

La jornada y las horas extra se flexibilizan a favor del empleador.

Habilitar extensiones de hasta 12 horas diarias con compensaciones diferidas desnaturaliza el principio de límite a la explotación temporal. Si el recargo económico por horas extra puede diluirse en descansos posteriores, el salario pierde su función protectoria. Trabajar más por el mismo ingreso no es eficiencia: es transferencia de renta.

Fragmentar vacaciones y trasladar la negociación al interior de cada empresa debilita la negociación colectiva.

Convertir el descanso anual en una variable “acordable” dentro de cada firma no amplía libertad; la desplaza hacia quien detenta mayor poder contractual. La negociación por empresa erosiona convenios sectoriales y, con ello, la arquitectura sindical que estructuró la movilidad social argentina. El resultado no es diversidad virtuosa: es dispersión defensiva.

Períodos de prueba más extensos, pagos en especie y un nuevo esquema indemnizatorio abaratan el despido.

Ampliar el tiempo “a prueba” prolonga la zona gris de desprotección. Permitir pagos en especie o en moneda extranjera introduce asimetrías adicionales en un país con volatilidad cambiaria crónica. Y modificar el cálculo de indemnizaciones junto con la creación de fondos específicos —con recursos que hoy nutren a ANSES— implica trasladar el costo del despido desde la empresa hacia un esquema colectivo. Se socializa el riesgo, se privatiza la decisión.

Desde una perspectiva macroeconómica, esta reforma no puede analizarse en aislamiento. En un contexto de restricción externa, endeudamiento y presión geopolítica sobre economías periféricas, debilitar el ingreso laboral interno contrae demanda y profundiza la dependencia. No es solo una cuestión jurídica: es una definición de modelo de desarrollo. Países que apostaron a la competencia vía salarios bajos quedaron atrapados en la trampa del bajo valor agregado. La Argentina, históricamente, construyó mercado interno como palanca de industrialización.

La promesa oficial es simple: menos “rigidez” generará más empleo. Pero la evidencia comparada muestra que la inversión responde a expectativas de demanda y estabilidad, no únicamente a menores costos laborales. Sin consumidores con poder adquisitivo, no hay círculo virtuoso posible.

El peronismo entendió algo elemental: el trabajo no es una mercancía más. Es el ordenador social. Es ciudadanía concreta. Desarmar sus garantías es desordenar la Nación.

La pregunta no es si el mercado debe existir. La pregunta es quién fija las reglas. Si la casa del trabajo pierde sus columnas, no habrá emprendedores heroicos que la sostengan. Habrá trabajadores aislados negociando en soledad frente a estructuras concentradas.

La Argentina enfrenta una encrucijada histórica. Puede aceptar la lógica de la precarización competitiva o puede reconstruir un pacto productivo donde capital y trabajo vuelvan a pensarse como socios estratégicos de un proyecto nacional.

La reforma ya avanza. Pero la historia no está escrita. Cada derecho que se relativiza hoy es una soberanía que se resigna mañana. Y ninguna Nación que aspire a desarrollarse puede darse el lujo de dinamitar el suelo sobre el que caminan sus trabajadores.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente: rebelion.org

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