La narrativa del desarme de Hezbollah: Trump e Israel preparan el terreno para una ofensiva mayor en Líbano
En junio de 2025, el enviado especial de Trump para Medio Oriente, Tom Barrack, llegó a Beirut con una propuesta clara: establecer un cronograma de cuatro meses para desarmar por completo a Hezbollah, a cambio de garantías de no agresión por parte de Israel. La propuesta incluía la retirada de tropas israelíes de zonas fronterizas, la reactivación de la resolución 1701 de Naciones Unidas y apoyo económico para Líbano. En palabras de Barrack, el acuerdo buscaba «crear las condiciones para una paz duradera que no sea rehén de milicias armadas
Por: Nicolás Romero
En pleno invierno del hemisferio sur, mientras las pantallas del mundo se llenan con imágenes de Gaza devastada y Siria bombardeada, una nueva narrativa toma forma en los pasillos de Washington, Tel Aviv y Beirut: la necesidad de desarmar a Hezbollah. Con el expresidente Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca desde enero de 2025, y tras una serie de ofensivas militares israelíes que vulneraron todos los acuerdos de cese al fuego en Líbano, Yemen y Siria, Estados Unidos y sus aliados han lanzado una ofensiva diplomática que busca redefinir el mapa político y militar de Medio Oriente.
Pero el objetivo no es nuevo. Desde hace más de dos décadas que Washington e Israel insisten en que Hezbollah representa una “amenaza existencial” para la región. La diferencia actual está en el contexto: tras la Guerra de los 12 días (octubre-noviembre de 2024), que dejó cientos de muertos en Líbano y expuso nuevamente la capacidad misilística del movimiento chií, se ha abierto una ventana para forzar una nueva fase en la política de agresión contra el Líbano. Esa ventana es discursiva: un relato que presenta el desarme de Hezbollah como un paso inevitable para alcanzar la paz, aun cuando todos saben que eso no ocurrirá.

Un plan imposible: desarmar a una fuerza de resistencia nacional
En junio de 2025, el enviado especial de Trump para Medio Oriente, Tom Barrack, llegó a Beirut con una propuesta clara: establecer un cronograma de cuatro meses para desarmar por completo a Hezbollah, a cambio de garantías de no agresión por parte de Israel. La propuesta incluía la retirada de tropas israelíes de zonas fronterizas, la reactivación de la resolución 1701 de Naciones Unidas y apoyo económico para Líbano. En palabras de Barrack, el acuerdo buscaba «crear las condiciones para una paz duradera que no sea rehén de milicias armadas».
Sin embargo, el plan nace muerto. Hezbollah no es una milicia más. Es una fuerza de resistencia reconocida, con decenas de miles de combatientes, un brazo político con representación parlamentaria y una profunda legitimidad en la comunidad chií libanesa. En palabras de su secretario general, Sayyed Hassan Nasrallah, “el arma de la resistencia no se entrega a los enemigos del pueblo libanés”. Y como remarcó el vicepresidente del movimiento, Naim Qassem, “Hezbollah nació como respuesta a la ocupación israelí, y mientras haya ocupación y amenazas, habrá resistencia”.
Si es evidente que Hezbollah no se desarmará, ¿por qué insistir en esta narrativa? La respuesta está en la utilidad política del discurso.
Estados Unidos necesita justificar su papel en la región en momentos donde las acciones de Israel son crecientemente vistas como agresiones ilegales ante el derecho internacional. Trump, cada vez más aislado diplomáticamente, necesita proyectar una imagen de control en Medio Oriente. Y para ello, la figura de Hezbollah funciona como enemigo funcional: un actor que puede ser demonizado y cuya resistencia puede ser presentada como “terrorismo” para legitimar intervenciones futuras.
Israel, por su parte, busca modificar el equilibrio militar en su frontera norte. La experiencia de la guerra de 2006 demostró que Hezbollah no puede ser derrotado sin un alto costo. Pero ahora, con el sur del Líbano bajo constante fuego, con Siria fragmentada y con Yemen aislado, Tel Aviv apuesta por una estrategia de presión diplomática acompañada de ofensivas selectivas. Todo esto requiere, como base, una narrativa creíble: que desarmar a Hezbollah es parte de un proceso de paz y no un paso hacia una nueva ocupación.
“No podemos obligar a Israel”: la doctrina Barrack
En una reciente entrevista con Reuters, el 21 de julio, Tom Barrack declaró: “No podemos obligar a Israel a hacer nada. Lo que podemos hacer es influir y acompañar los procesos”. Esta frase, aparentemente modesta, es clave para entender la posición de EE.UU. frente a lo que se viene. Estados Unidos se presenta como mediador, pero al mismo tiempo deja claro que no impedirá una ofensiva israelí si Hezbollah no cede.
En otras palabras, la estrategia es doble: ofrecer una salida diplomática sabiendo que será rechazada, y luego utilizar ese rechazo para justificar una acción militar mayor.
Una ofensiva inminente
Los hechos sobre el terreno indican que la preparación ya está en curso. Israel ha intensificado los ataques sobre el sur del Líbano, utilizando drones y bombardeos selectivos sobre infraestructura civil bajo la excusa de “neutralizar células operativas”. Se han registrado ataques en la Bekaa y cerca de Baalbek, zonas que están fuera del perímetro fronterizo. La reciente declaración del ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, lo confirma: “Nuestros ataques son un mensaje claro: no aceptaremos un Hezbollah armado en nuestra frontera”.
Desde el norte de Israel, se han movilizado unidades del comando Golani y fuerzas blindadas hacia la línea azul. Se habla de ejercicios militares conjuntos con fuerzas estadounidenses y se ha reforzado la defensa antiaérea en Haifa y Nahariya. En paralelo, medios árabes informan que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han dado luz verde a una ofensiva “controlada” contra Hezbollah, lo que marca un realineamiento regional.
Pero Hezbollah no está de brazos cruzados. Ha mostrado, en los últimos meses, una capacidad de respuesta que supera las estimaciones occidentales. Tras cada bombardeo, responde con fuego de artillería o misiles de precisión. Su capacidad de movilización popular también es notable: las manifestaciones en Nabatieh, Tiro y Baalbek han dejado claro que una parte importante de la población libanesa considera a Hezbollah como su única defensa ante una invasión extranjera.
Además, el grupo cuenta con el respaldo político de Irán y la simpatía tácita de actores como Siria, Yemen (Ansarolá) y sectores chiíes de Irak. En términos geoestratégicos, el desarme de Hezbollah sería leído por estos países como un acto de traición y una renuncia al eje de resistencia.
La insistencia de Estados Unidos en presentar el desarme de Hezbollah como una “necesidad diplomática” no tiene base real. Es un discurso vacío que busca construir una legitimidad narrativa para lo que ya se está preparando: una nueva ofensiva israelí contra Líbano.
Mientras en Gaza se perpetúa la limpieza étnica, en Siria se violan sistemáticamente las fronteras y en Yemen se mantiene el cerco humanitario, el foco se traslada al norte. Y esta vez, la narrativa no es la del “terrorismo islámico”, sino la del “desarme necesario”.
La historia reciente nos ha enseñado que cada vez que se habla de paz desde Washington, lo que se prepara es una guerra. Y esta vez, la guerra puede arrastrar a todo el Líbano nuevamente al abismo.
Fuente: revistadefrente.cl







![Fuentes: Agencia Tierraviva [Imagen: Movilización por las víctimas de La Noche del Apagón. Foto: argentina.gob.ar]](https://abyayalasoberana.org/wp-content/uploads/2026/03/01-comprimido-3.jpg)