La justicia misak ha evolucionado sin perder su esencia. Hoy cuentan con una codificación de normas propias, construida colectivamente en asambleas y consultas comunitarias. Esta mezcla de tradición oral y escritura es un ejemplo de interculturalidad viva, donde el conocimiento ancestral dialoga con los marcos legales del Estado.

Por: Ronald Suárez Maynas*

30 de noviembre, 2025.- “Mucho antes del reconocimiento constitucional, la justicia propia ya existía; es milenaria porque complementa nuestro proceso de educación y de vida”. Así lo afirma Esteban Ussa, vicegobernador del pueblo Misak, mientras recuerda que su sistema de justicia no nació con la Constitución de 1991, sino que viene desde los tiempos en que la palabra de los mayores era ley y la comunidad su propio tribunal.

La reivindicación de los derechos del pueblo Misak ha sido una lucha larga, tejida en la memoria colectiva, el dolor de la colonización y la resistencia frente a siglos de despojo. Desde su territorio ancestral en Silvia, Cauca, los Misak han defendido su autonomía, su lengua y su forma de gobierno basada en la reciprocidad y el respeto a la Madre Tierra.

El reconocimiento de su jurisdicción especial en la Constitución Política de 1991 marcó un antes y un después. Por primera vez, el Estado colombiano reconoció oficialmente los derechos de los pueblos indígenas, abriendo el camino a una justicia plural y a un país verdaderamente diverso.

El taita Lorenzo Muelas, representante misak en la Asamblea Constituyente, fue clave en esa conquista. Su voz llevó al debate nacional el clamor por la autonomía, logrando que se incluyeran artículos fundamentales como:

Estos avances no fueron concesiones, sino resultados de siglos de lucha, de la palabra hecha camino y resistencia.

Para los misak, la justicia no se reduce al castigo; es un proceso de sanación. “La justicia no busca destruir al que se equivoca, sino ayudarlo a comprender su error”, dice Ussa. En ese sentido, la palabra es la primera herramienta de justicia: escuchar, dialogar, reflexionar y reparar antes que sancionar.

El ejercicio de la justicia comienza con la comunidad reunida. Allí, las autoridades con el acompañamiento de los mayores sabedores analizan cada falta. Solo si no hay arrepentimiento ni voluntad de enmendar, se recurre al castigo, que siempre tiene un sentido pedagógico.

La justicia propia misak está organizada dentro del Plan de Vida, coordinado por el Cabildo, máxima autoridad del pueblo. Su estructura incluye un coordinador general, una secretaría y un grupo dinamizador, encargados de garantizar el cumplimiento y seguimiento de las decisiones.

Las sanciones varían según la falta. La infidelidad, por ejemplo, puede implicar trabajo comunitario y reflexión en el “cuarto frío”, un espacio donde el infractor medita sobre su acción.

En casos de robo, el responsable debe reparar el daño y restituir el tiempo perdido. Cuando se trata de faltas graves como homicidios, la decisión pasa a la Asamblea Comunitaria, donde el pueblo entero participa y el acusado tiene derecho a la defensa.

Cada sanción tiene un objetivo claro: restaurar el equilibrio, no destruir al infractor.

La justicia misak está profundamente ligada a su sistema educativo propio. La escuela, la minga y el fogón familiar son los espacios donde se transmiten los valores de armonía, respeto y colectividad. Las decisiones judiciales también son procesos de aprendizaje: enseñan a reconocer los errores y a reconstruir los lazos comunitarios.

Los mayores sabedores, guardianes de la palabra antigua, acompañan cada proceso judicial. Antes de que existieran códigos escritos, las normas se transmitían oralmente en los rituales, los trabajos colectivos y las asambleas. Hoy, esa tradición oral convive con registros escritos que fortalecen la memoria y la organización del sistema.

La participación de la mujer es fundamental dentro del sistema de justicia y la vida comunitaria. Muchas mujeres se desempeñan como dinamizadoras, secretarias y autoridades dentro del Cabildo, aportando una mirada más integral a los procesos de conciliación y reparación.

En los últimos años, el Cabildo ha promovido escuelas de liderazgo femenino, donde las mujeres fortalecen sus capacidades políticas, jurídicas y espirituales. “La mujer Misak no solo cuida la vida; también la defiende desde la justicia”, expresan las lideresas del resguardo de Guambia.

Con el paso del tiempo, la justicia misak ha evolucionado sin perder su esencia. Hoy cuentan con una codificación de normas propias, construida colectivamente en asambleas y consultas comunitarias. Esta mezcla de tradición oral y escritura es un ejemplo de interculturalidad viva, donde el conocimiento ancestral dialoga con los marcos legales del Estado.

A pesar de los desafíos como los conflictos territoriales, la minería o la falta de reconocimiento pleno por parte de la justicia ordinaria  el pueblo Misak sigue defendiendo su autonomía. Su justicia no es un sistema aislado, sino una manera de vivir en equilibrio con la comunidad y la naturaleza.

La justicia propia del pueblo Misak no es un vestigio del pasado, sino una práctica viva que se renueva cada día. Entre montañas cubiertas de niebla en el Cauca, donde la palabra de los mayores sigue siendo guía, la justicia misak continúa enseñando al país que la paz y la armonía solo son posibles cuando hay memoria, respeto y equilibrio.

Allí, donde nació la palabra, sigue viva la justicia misak: sabia, milenaria y en constante aprendizaje.


* Ronald Suarez Maynas es comunicador indígena del pueblo Shipibo Konibo de Perú, y documentalista.

 

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