El «momento Minsky» de una narcoeconomía

Ecuador ya no es solo una economía dolarizada; es una economía bajo asedio. Mientras la academia mainstream neoliberal y los medios hegemónicos se pierden en el fetichismo del déficit fiscal —que para 2026 se proyecta en -3.9 % del PIB, unos 5.000 millones de dólares— y en la deuda pública que ya supera los 80.000 millones de dólares (más del 60 % del PIB), la nación se desliza por la pendiente del «momento Minsky». Pero este no es el colapso financiero de Wall Street; es el desmoronamiento de una sociedad donde el capital criminal ha comenzado a sustituir al Estado como proveedor de liquidez, seguridad y orden. Lo vemos a diario en ciudades como Guayaquil, Durán, Machala, Esmeraldas, Manta: territorios que han sido tomados largamente por el crimen organizado a todo nivel, mientras la economía real apenas crecerá un 1,8 % en 2026, insuficiente para absorber a los más de 5 millones de ecuatorianos atrapados en la informalidad.

¿Pero qué es el «momento Minsky»? El concepto, que fuera desarrollado por el economista Hyman Minsky, parte de una paradoja inquietante: «la estabilidad es desestabilizadora». Según su hipótesis de inestabilidad financiera, los periodos prolongados de bonanza generan un exceso de confianza que empuja a los agentes económicos a endeudarse más allá de lo razonable. Minsky identificó tres fases en este proceso: primero, la fase «de cobertura», donde los ingresos permiten pagar capital e intereses; luego, la fase «especulativa», donde solo se alcanza a cubrir los intereses; y finalmente, la fase «Ponzi», donde ni siquiera los intereses pueden pagarse y todo depende de que el precio de los activos siga subiendo artificialmente. El «momento Minsky» es el instante en que esa ficción se desvanece: la burbuja estalla, el crédito se congela y el sistema financiero, que parecía sólido, se revela como un cascarón vacío. La crisis de 2008 fue su manifestación más célebre en Wall Street. La nuestra, en cambio, no es una crisis bursátil: es el colapso silencioso de una sociedad donde el endeudamiento desesperado y la liquidez criminal han tejido una estructura igualmente insostenible, pero con consecuencias más letales.

El circuito monetario de la sangre

Para entender la raíz de nuestra crisis, debemos acudir a Augusto Graziani y su teoría del circuito monetario. Graziani demostró que el dinero no es un objeto neutro ni un simple «velo» sobre el trueque; es una relación de poder que nace del crédito bancario. En una economía sana, el banco financia la producción, se crean salarios y el circuito se cierra cuando la producción se consume.

Sin embargo, en Ecuador este circuito está totalmente roto. El crédito ya no fluye hacia la producción de valor, sino hacia una acumulación parasitaria. Cuando el sistema permite que el dinero del narcolavado inyecte liquidez o que el crédito al consumo asfixie a las familias sin crear capacidad productiva, el circuito se vuelve un mecanismo de esclavitud. El dinero deja de ser el motor de la economía para convertirse en el lubricante de una estructura de muerte.

El espejismo del capital ficticio

Ignorando lo que Steve Keen ha denunciado por décadas, nuestros tecnócratas criollos como Alberto Acosta Burneo, Alberto Dahik y Augusto De la Torre, siguen creyendo que la deuda privada es neutral. En Ecuador, la cartera de crédito total ya alcanza los 51.761 millones de dólares —un crecimiento del 12 % en el último año—, mientras que el crédito doméstico total —que incluye todo el endeudamiento interno— asciende a 81.400 millones de dólares, equivalente aproximadamente al 58,6 % del PIB.

Peor aún: aunque el crédito productivo crece al 18 % —muy por encima del promedio, alcanzando los 24.147 millones de dólares—, ese financiamiento no se traduce en empleo adecuado ni en reactivación. ¿La razón? El economista Santiago Quezada, presidente de Econreport, lo explica sin rodeos: «Hay un costo adverso: la seguridad privada. Si el Estado garantizara la seguridad en los campamentos, seríamos más competitivos. Los inversionistas se desincentivan cuando ven que deben gastar demasiado en protegerse porque el Estado no cumple su responsabilidad».

Estamos ante un crecimiento de «capital ficticio» alimentado por dos fuentes tóxicas: el endeudamiento desesperado de las familias y el lavado de activos. El crimen organizado no invierte en tecnología; infla burbujas inmobiliarias y comerciales para limpiar su rastro: gimnasios, restaurantes, peluquerías que abren y cierran como setas, expulsando al emprendedor honesto que no puede competir contra un flujo inagotable de liquidez ensangrentada. El crédito está ahí, pero no puede cumplir su función porque el circuito monetario está secuestrado por el Estado sombra. Esta asimetría —deuda que crece muy por encima de la capacidad de generación de riqueza real (el PIB apenas crecerá 1,8 % en 2026)— es una bomba de tiempo.

La «vacuna»: el impuesto del Estado sombra

La mayor tragedia económica no es la inflación, sino la normalización de la extorsión. Cuando la «vacuna» se discute en las mesas de café con la misma naturalidad que el IVA, el contrato social ha muerto. Cuando parte de la clase media empieza a normalizar la presencia del crimen organizado, o peor, cuando empieza a participar de este nuevo statu quo, aquello representa la transferencia de soberanía más violenta de nuestra historia: el ciudadano paga tributos a un Estado que no lo protege, y paga extorsión a una banda para que no lo ejecute.

Este «impuesto a la sombra» aniquila el incentivo de acumulación de capital. Quezada lo confirma: «Hay un costo adverso: la seguridad privada. Los inversionistas se desincentivan cuando ven que deben gastar demasiado en protegerse porque el Estado no cumple su responsabilidad». Nadie mejora su local ni compra maquinaria si sabe que eso atraerá al extorsionador. Si la extorsión se institucionaliza, el momento Minsky no será una crisis bancaria; será el vaciamiento total de la economía real en favor de una economía de rapiña. La economía del país se convierte en un castillo de naipes.

La paradoja del migrante

Y entonces llegamos al corazón de la tragedia: la paradoja del migrante. El esfuerzo honesto del ecuatoriano que emigra en el exterior, arriesgando su vida cruzando la selva del Darién, termina alimentando, por vía del circuito económico, el sistema que lo obligó a marcharse.

Las cifras son implacables. En 2024, las remesas alcanzaron los 6.538 millones de dólares; en 2025 rozaron los 7.000 millones de dólares. El 78 % de ese dinero —unos 5.000 millones de dólares anuales— proviene de Estados Unidos, donde residen la mayoría de nuestros migrantes. Son esos dólares los que permiten a millones de familias sobrevivir, pero también los que, al circular en una economía tomada por la extorsión, terminan lubricando la máquina del Estado sombra. Las remesas representan más del 5 % del PIB y son un pilar fundamental del consumo de los hogares. El migrante paga con su vida el viaje; su familia paga con sus dólares la «vacuna»; y el círculo se cierra cuando ese mismo dinero sostiene el negocio del criminal que ahuyentó al migrante.

La tragedia se profundiza ahora. Para 2026, las remesas caerán un 4,9 %, la mayor reducción entre los principales receptores de América Latina, según el Inter-American Dialogue. Mientras Venezuela crecerá 7,4 % y República Dominicana 3,3 % en envíos de migrantes, Ecuador se hunde. Y como si fuera poco, desde el 1 de enero de 2026, cada envío superior a 15 dólares desde Estados Unidos paga un impuesto del 1 %, impuesto por el gobierno de Donald Trump.

El círculo se cierra con crueldad perfecta: el migrante huye de un Estado que no lo protege y de un crimen que lo extorsiona; envía dólares a su familia para que sobreviva; esos dólares sostienen el consumo que permite que los extorsionadores tengan a quién cobrarle la «vacuna»; y ahora, además, el gobierno de Estados Unidos le cobra un impuesto por enviar ese dinero. La paradoja ya no es solo moral: es estadística. Es un impuesto trinitario: al Estado ecuatoriano (vía IVA), al Estado sombra (vía extorsión) y al gobierno de Trump (vía retención del 1 %).

Mientras los depósitos en la banca privada crecen un 13 % y superan los 60.000 millones de dólares —señal de que la gente aún confía en el sistema financiero o de que los lavadores confían en el sistema financiero—, esa liquidez no logra traducirse en inversión productiva. Los dólares están ahí, pero atrapados en un circuito donde la extorsión y el lavado distorsionan su destino. La paradoja del migrante se extiende también al sistema financiero: los depósitos crecen, pero el crédito no reactiva; la liquidez abunda, pero la economía real se asfixia.

Jubileo de la deuda y certificados de Tesorería

La ortodoxia clamará que un «jubileo de la deuda» (el perdón selectivo de deudas privadas) y la emisión de certificados de Tesorería son medidas «arriesgadas». Los corifeos del neoliberalismo en Ecuador —Alberto Dahik, Alberto Acosta Burneo, Augusto De la Torre— lo llamarán populismo. El periodismo «administrador de la verdad», que secunda la inacción gubernamental a cambio de pautas, se sumará al coro. Pero su defensa de la inacción es, en realidad, una apología del suicidio colectivo.

Pero para desarmar el miedo, hay que ser claros: estos certificados tendrían un uso estrictamente tributario. Serían instrumentos de carácter electrónico emitidos por el Estado que el ciudadano o la empresa utiliza exclusivamente para cancelar sus obligaciones con el Servicio de Rentas Internas. Al ser un documento de aceptación fiscal obligatoria, el certificado adquiere valor real para el sistema financiero y los grandes contribuyentes, funcionando como una moneda de carácter contable que permite extinguir deudas sin drenar un solo dólar físico de las reservas internacionales. No es una moneda paralela; es una válvula de escape.

Contra el riesgo moral

No hay mayor riesgo moral que permitir que el crimen organizado sea el único prestamista de última instancia para los desesperados. Entre el riesgo de un alivio financiero y el riesgo existencial de un Estado capturado —donde los niveles de migración crecen cada día, y donde la deuda pública ya alcanza el 63 % del PIB si se mide de manera agregada —, la elección es de supervivencia nacional.

Sobre la solvencia

Al canjear carteras incobrables por certificados de aceptación fiscal, el Estado sanea el balance de los bancos, permitiendo que el sistema vuelva a cumplir la función que Graziani dictaba: financiar la producción real. Y aquí el dato es crucial: aunque las reservas internacionales han alcanzado un récord histórico de 11.940 millones de dólares en marzo de 2026, la dolarización no está en crisis porque sobrevive; está en cuidados intensivos porque se asfixia lentamente. Liberar los dólares atrapados en carteras incobrables no es un capricho heterodoxo: es una operación de emergencia para fortalecer aún más las reservas y permitir que el sistema financiero vuelva a cumplir su función.

¿Soberanía o caos?

El tiempo de los eufemismos terminó. Ecuador está atrapado en un esquema Ponzi criminal. A quienes llaman «arriesgada» a esta propuesta, hay que preguntarles: ¿cuál es su alternativa?

¿Seguir esperando que el mercado se ajuste solo mientras las bandas criminales ejecutan su propio «ajuste» en las puertas de los negocios? ¿Debemos seguir esperando a un gobierno cuya gestión se diluye en la improvisación, incapaz de nombrar siquiera un ministro de Salud? ¿A una administración que prioriza el conflicto de intereses y contratos dudosos por sobre el bien común, mientras la violencia gansteril mantiene a Ecuador con la tasa de homicidios más alta de América Latina?

La falta de prolijidad del presidente Noboa —que se evidencia incluso en el descuido de su comunicación oficial, donde la ética y la moral parecen flaquear tanto como su ortografía— no es un tema menor: es el reflejo de una gestión que no comprende la magnitud de la crisis que enfrenta. Un gobierno que basa su poder en eliminar adversarios y usar cortinas de humo mediáticas, ganando tiempo para un sistema que ya no tiene más arena en el reloj.

La verdadera temeridad no es innovar para salvar la dolarización; la verdadera temeridad es seguir aplicando las mismas recetas de ajustes económicos que nos trajeron hasta este abismo. Recuperar la economía hoy no es una cuestión de tecnocracia y tasas de interés; es una cuestión de recuperar la soberanía sobre nuestro propio circuito monetario. O limpiamos el sistema y liberamos a los deudores, o entregamos las llaves del país al Estado sombra que cada vez se fortalece más. El momento Minsky ha llegado; la pregunta es si seremos sus víctimas o sus sepultureros.

El blindaje del sistema

Es imperativo precisar que esta propuesta no constituye, bajo ningún concepto, un llamado al abandono de la dolarización, cuya salida abrupta tendría consecuencias nefastas. Al contrario, surge de la urgencia de salvarla de su propia asfixia.

Un sistema dolarizado sin soberanía fiscal y con un balance de hogares quebrado es un sistema condenado al colapso o a la captura por parte de capitales ilícitos que destruyen la economía real. Aunque las reservas internacionales han alcanzado un récord de 11.940 millones de dólares —el nivel más alto desde que existen registros —, la fragilidad estructural persiste: el país destinará cerca de 12.000 millones de dólares al servicio de la deuda en 2026, lo que representa el 41 % de los ingresos fiscales.

Los certificados de Tesorería y el jubileo de la deuda no buscan sustituir al dólar, sino protegerlo, liberando la liquidez física para el fortalecimiento de las reservas

Fuentes consultadas

Banco Central del Ecuador, Información Estadística Mensual, Coface, Ecuador: Riesgo país y perspectivas económicas 2026.

«Entrevista a Pablo Iturralde: la deuda pública y el presupuesto 2026» en Radio Pichincha, enero de 2026.

Fideval, Reporte del Sistema Financiero Ecuatoriano,
Ministerio del Interior y Policía Nacional,Estadísticas de homicidios, enero de 2026.

«Programación Fiscal 2025-2028: Déficit y deuda pública» en La Hora,diciembre de 2025.

«Remittances to Latin America and the Caribbean 2026 Outlook», en Inter-American Dialogue.

«Reservas internacionales de Ecuador alcanzan récord en febrero 2026» en Bloomberg Línea, marzo de 2026.

«Santiago Quezada: La seguridad privada como costo oculto para las empresas», en El Diario, febrero de 2026.


Quirino Francisco Taiano Campoverde: Economista por la Universidad Laica Vicente Rocafuerte, Ecuador. Máster en Administración Pública por la Università della Calabria, Italia. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Murcia, España.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente: rebelion.org

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