Durante el ciclo masista, el capitalismo de Estado no fue solo un arreglo económico coyuntural, sino una forma política integral que incluía una pedagogía y un sentido común. Su eficacia principal no residió en superar el capitalismo, sino en reconfigurar su conflicto central, transformando el antagonismo de clase en agonismo; es decir, un conflicto regulado, negociado y contenido dentro de un marco estatal que se presentaba como árbitro “nacional-popular”.

En este marco, el empresariado fue resignificado. Dejó de ser el enemigo histórico del movimiento obrero para ser presentado –una y otra vez– como el empresario patriota: productor nacional necesario, aliado potencial del desarrollo, sujeto con el que se podía y debía convivir. Este sentido común no nació espontáneamente; fue inoculado políticamente desde el Estado amortiguador dirigido por el MAS. Su función fue clara, sostener la gobernabilidad, redistribuir renta sin romper la acumulación y desplazar el antagonismo hacia una convivencia conflictiva, pero funcional. Este fue el límite estructural del modelo que no abolió la contradicción capital-trabajo, sino, al contrario, la administró.

Hoy, con el gobierno de Rodrigo Paz y el DS N.º 5503, ese equilibrio se rompe. No se trata de un simple cambio de políticas, sino de una mutación en el régimen del conflicto. El decreto no sólo reordena normas; rompe la ficción. El Estado deja de amortiguar y comienza a disciplinar. El empresariado deja de negociar y pasa a imponer.

El DS N.º 5503 es clave porque revela lo que el relato anterior ocultaba: el empresariado neoliberal no necesita mediación política, sino decretos; no requiere consenso, sino orden jurídico; no acepta sindicatos como interlocutores, sino que los ve como obstáculos. Así emerge la figura que el pueblo nombra con claridad creciente: el empresario vendepatria. Esta no es una categoría moral, sino política, pues, designa su función histórica cuando su interés se impone sobre derechos sociales, deliberación colectiva y soberanía nacional.

Este quiebre es ideológico. El sentido común construido durante el ciclo masista –que aceptaba al empresario como un “mal necesario”– se erosiona cuando el capital deja de disimular su carácter dominante y gobierna por decreto. El pueblo reconoce lo que antes estaba velado: cuando el Estado deja de mediar, el gran capital privado no dialoga, manda.

La marcha de la COB del 5 de enero de 2026 es la evidencia empírica de este punto de inflexión. No fue solo una reacción a una norma concreta, sino el esbozo material de un nuevo sentido común popular, más lúcido y desconfiado; expresa a menos de dos meses de la posesión del gobierno, el cuasi agotamiento de la pedagogía que presentaba al empresariado como aliado.

Paradójicamente, el neoliberalismo hace visible lo que el capitalismo de Estado buscó ocultar, que la relación capital-trabajo no es naturalmente cooperativa, sino estructuralmente antagónica. Mientras el MAS transformó ese antagonismo en agonismo para preservar la estabilidad, el proyecto neoliberal lo reactiva sin mediaciones, confiando en el derecho, el decreto y la coerción como tecnologías de gobierno.

Aquí se produce el quiebre histórico:

·       Bajo el MAS, el empresario fue integrado para preservar la gobernabilidad (conflicto administrado).

·       Bajo Rodrigo Paz, el empresario es liberado para imponer el orden (antagonismo abierto).

No es un cambio de nombres, es un cambio de régimen y modelo económico. Del capitalismo de Estado que administraba el conflicto, al neoliberalismo que lo reprime jurídicamente. El pueblo lo ha entendido antes que el discurso oficial, por eso se organiza en su ente matriz (COB), marcha, desconfía, señala a los responsables y denuncia sus intereses.

Cuando el pueblo deja de creer en la pedagogía del poder, el sentido común deja de ser hegemonía y puede convertirse en conciencia crítica. La crítica al capitalismo de Estado no puede ser nostálgica, ya que su límite fue postergar una politización más profunda de la economía. Pero la crítica al neoliberalismo debe ser radical, este no ofrece desarrollo, solo disciplina; no ofrece patria, solo mercado; no ofrece diálogo, solo imposición.

En ese sentido, el DS N.º 5503 no inaugura el conflicto: lo desnuda. Entre el agonismo administrado y el antagonismo impuesto, la historia vuelve a abrirse. Y cuando el conflicto deja de ser oculto, reaparece la posibilidad –aún en disputa– de politizarse en favor de las mayorías.

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Fuente: rebelion.org

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