La séptima invasión del Líbano está teniendo lugar a la sombra del genocidio de Gaza y gracias al permiso que el mundo ha concedido a Israel para cometer genocidio. Estamos en un mundo en el que el derecho internacional se ha convertido en una burla, en el que no existen inocentes y se han superado […]

La séptima invasión del Líbano está teniendo lugar a la sombra del genocidio de Gaza y gracias al permiso que el mundo ha concedido a Israel para cometer genocidio. Estamos en un mundo en el que el derecho internacional se ha convertido en una burla, en el que no existen inocentes y se han superado todas las formas de degradación: hambruna, asedio, limpieza étnica. Es un mundo en el que Israel puede jactarse de su “éxito de Gaza”, como una amenaza descarada a los civiles, donde la población libanesa se ve obligada a optar entre la asfixia lenta de un denominado alto el fuego y la catástrofe de la guerra sin límites. En resumen, un mundo de guerra permanente con batallas fluctuantes pero un único centro: Palestina.

La carta blanca concedida a Israel para convertir los crímenes de guerra en doctrina bélica no surgió ayer. En 2006 Israel anunció la “doctrina Dahieh” como sinónimo de su estrategia descarada e intencionada de castigo colectivo contra la población civil del Líbano. Se destruyeron hospitales, escuelas, centrales eléctricas, carreteras, el único aeropuerto civil del país y otras infraestructuras, y alrededor de un millón de personas se vieron desplazadas. En 2008, Israel inició su política declarada denominada “cortar el césped” en Gaza, una práctica consistente en ataques periódicos destinados a debilitar a Hamás y aterrorizar a los palestinos para que se sometieran. El nombre de la política anunciaba su lógica subyacente: la deshumanización de los palestinos hasta el punto de describirlos metafóricamente como hierba crecida, lista segarla de vez en cuando. Pero ¿quién podría culpar a Israel por llevar a cabo una política de hechos consumados? Nunca ha sido, y probablemente nunca será, llamado a rendir cuentas por su historial de atrocidades en el Líbano y en Palestina, incluidos los crímenes que crearon al propio Estado y lo perpetúan: la Nakba y la brutal e ilegal ocupación y colonización de Palestina. El resultado lógico de esta licencia para ocupar permanentemente a un pueblo deshumanizado, junto con una ideología que considera las tasas de natalidad de los palestinos como una “amenaza demográfica”, alcanzó su apogeo en 2023. “La Doctrina de Gaza” es ahora sinónimo de asedio total, limpieza étnica y genocidio. Cada vez que no se exige a Israel responsabilidades por sus crímenes, aumenta su confianza para volver a cometerlos hasta que se han convertido en “estrategias” aceptables, siempre y cuando se dirijan contra personas cuyas vidas no se consideran de igual valor en las respetables capitales de Europa y Estados Unidos. Este racismo geopolítico se manifiesta hoy en día con toda su fuerza; la Doctrina Dahieh, “cortar el césped” y la Doctrina de Gaza operan simultáneamente, a diferentes escalas, en Palestina, Líbano, Siria e Irán.

En el Líbano, la guerra de impunidad de Israel se libra en tres frentes: el campo de batalla, el tejido social del país y su estructura política. En el ámbito militar, Israel está haciendo lo mismo que hizo en Gaza y anteriormente en el Líbano: asesinatos, destrucción de vastos territorios y bombardeos indiscriminados contra un pueblo que carece de defensas aéreas, refugios antiaéreos y fuerza aérea; al mismo tiempo Israel ha lanzado una invasión terrestre. También intenta doblegar al ejército libanés instándole a colaborar en la lucha contra Hezbolá. Esta presión se produce tras quince meses en los que se han producido más de 15.000 violaciones israelíes del alto el fuego que quedaron sin respuesta y que precedieron a la actual escalada. El 16 de febrero de 2026, dos días antes de que Israel se retirara de los territorios libaneses según el plazo ampliado del alto el fuego, Israel “anunció” que ocuparía cinco puntos fronterizos clave del Líbano —al-Aziyah, al-Awaida, el-Hamames, Jabal Bilat y Labbouneh— considerados puestos estratégicos y de seguridad. La diplomacia, liderada por el primer ministro Nawwaf Salam y el presidente Joseph Aoun, y los reiterados llamamientos a Francia y Estados Unidos para que obligaran a Israel a cumplir el acuerdo de alto el fuego firmado en noviembre de 2024, no surtieron efecto. A este fracaso se sumaron las violaciones flagrantes y diarias del alto el fuego, no solo en el Líbano, sino también en Gaza. Solo en el mes de febrero de 2026, veintiséis personas murieron a causa de los ataques israelíes en el Líbano. Si bien la decisión de Hezbolá de lanzar cohetes contra Israel el 2 de marzo divide en gran medida a la población, el ejército libanés no se enfrentará a Hezbolá, en parte por temor a que se vea afectada su cohesión interna y porque es consciente de la amenaza de la fragmentación del país. De hecho, muchas de las reformas de las Fuerzas Armadas Libanesas tras la guerra civil tuvieron como objetivo reforzar su unidad y evitar caer en lo que Israel les exige: el suicidio.

Israel está creando intencionadamente una catástrofe humanitaria, a sabiendas de que el país, incluidos su gobierno y la sociedad civil, no será capaz de asimilarla. A fecha del 2 de marzo, al menos 1.024 personas han sido asesinadas por el ejército israelí en el Líbano, entre ellas 18 menores y 40 trabajadores sanitarios. Más de un millón de personas han sido desplazadas. Israel ha declarado que pretende crear una zona desmilitarizada y despoblada al sur del río Litani (35 kilómetros al interior del Líbano) similar a la “línea amarilla” trazada en Gaza. A medida que Israel amplia su territorio y su control en el interior de Gaza, Cisjordania y Siria, existen buenas razones para creer que su deseo es ocupar y tal vez anexionarse este territorio rico en recursos, un objetivo repetido en múltiples ocasiones por los primeros sionistas y dirigentes sionistas  y expresado abiertamente por los políticos israelíes actuales.

Israel está atacando el tejido social libanés, infligiendo un castigo masivo para debilitar el apoyo popular a Hezbolá, una estrategia también llevada a cabo sin éxito durante la guerra de 2006.  Mediante el desplazamiento sobre todo de los chiitas libaneses, Israel intenta asimismo fomentar la violencia sectaria, al seguir atacando a las personas desplazadas en sus lugares de refugio. Estos ataques no solo causan muertes sino que también pretenden que las personas pertenecientes a diferentes sectas y lugares tengan miedo de ayudar a sus compatriotas desplazados. Ello es posible porque la exclusión sectaria ha creado un panorama de mayor segregación (con notables excepciones) de la que existía antes de la guerra civil libanesa. El embajador estadounidense en el Líbano ha adoptado el mapa sectario de Israel y aparentemente ha pedido a Israel que no ataque las aldeas cristianas del sur del Líbano. El 11 de marzo  Israel lanzó un doble ataque y perpetró una masacre en la carretera de la costa de Ramlet al Bayda, la única playa pública de Beirut, donde las personas desplazadas vivían en coches y tiendas de campaña. El espectáculo de la impunidad de su violencia es el objetivo: cada extremidad desmembrada esparcida por la carretera pregona su licencia para cometer nuevas atrocidades. El plan en el Líbano, como en Irán, consiste en explotar las divisiones existentes en la sociedad política hasta que implosionen y, si eso no funciona, ampliar los límites del castigo colectivo. Esto no es un análisis. Son las amenazas que Israel lanza cada día al gobierno libanés y al pueblo del Líbano. 

Antes de este regreso a la guerra abierta, la ecuación política libanesa se había convertido en un acto de equilibrio precario entre el gobierno, el ejército, el Banco Central y Hezbolá y sus aliados. Cada uno de esos elementos se basa en el apoyo de diferentes países (ahora en guerra), instituciones y agentes y todos estaban sufriendo crisis de legitimidad solapadas. Después de la guerra, sea cual sea su resultado, está ecuación política cambiará; de hecho el propio sistema de sectarismo político podría ser rediseñado, al igual que pasó después de la guerra civil. Pero la guerra no acabará pronto, aunque este episodio termine. La colonización de la Palestina histórica siempre ha requerido la pacificación o subyugación, de sus parientes al otro lado de las fronteras. Israel, el único Estado de Oriente Próximo poseedor de armas nucleares, nunca permitirá la creación de un Estado Palestino, no renunciará voluntariamente a su compromiso con la dominación etno-sectaria. Este rechazo supone una declaración de guerra permanente contra los palestinos y sus aliados. En realidad, si a Israel no se le paran los pies, puede que el mundo sea pronto testigo del nacimiento de un nuevo inventario de crímenes: la Doctrina de Cisjordania.

En su afán por mantener esta guerra permanente, y mientras aún cuentan con el apoyo incondicional del gobierno estadounidense y sus políticos, Israel ha decidido convertirse en un país rodeado de páramos despoblados, sin personas, partidos ni gobiernos capaces de oponer la más mínima resistencia, ni a la ocupación de su propio territorio ni a la de Palestina. Este objetivo exige no solo la limpieza étnica de los palestinos, sino también, llegados a este punto, del sur del Líbano. La visión de Israel para Oriente Próximo —cantones divididos por etnias— es una amenaza existencial para el Líbano y su sistema de gobierno. Sin embargo, incluso si Israel ocupa el sur del Líbano y Hezbolá queda neutralizado de alguna manera, la resistencia crecerá como la mala hierba bajo cada huella en el suelo. Con el tiempo, quedarán atrapados.

Fuente: rebelion.org

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