El 2025 ha sido un año difícil para Cuba. La crisis económica no da tregua, mientras sus ramificaciones se extienden por cada rincón de la vida cotidiana: los intensos y recurrentes apagones eléctricos se han vuelto parte de la rutina en la isla, mientras el deterioro del sector productivo, así como de los servicios públicos, se sigue agudizando, lo que ha provocado una escasez de productos —entre ellos, de forma grave, medicamentos— que afecta de manera intensa a los sectores más vulnerables.

Según las últimas estimaciones publicadas por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se calcula que el producto interno bruto (PIB) de Cuba volverá a disminuir alrededor de 1,5 % en 2025. De confirmarse esta estimación, sería el tercer año consecutivo de contracción del PIB, luego de las caídas de 2,0 % en 2023 y 1,1 % en 2024.

Además de los desequilibrios macroeconómicos —acumulados en los últimos años—, la crisis energética afecta de manera decisiva la capacidad productiva del país, mientras que el continuo descenso del turismo, uno de los motores económicos de la isla, reduce la entrada de divisas, fundamentales para el funcionamiento económico nacional. Según datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), entre enero y noviembre se registró cerca de un 19 % menos de turistas que en el mismo período de 2024, que ya había sido el año con menor afluencia turística.

Ante esta situación, durante la última sesión de la Asamblea del Poder Popular, el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez comenzó su discurso señalando que Cuba atraviesa un “momento extremadamente complejo para la economía y la vida cotidiana del pueblo, que exige respuestas más profundas, rápidas y responsables”, y añadió que la situación del país “no se trata de una crisis más”, sino de “la acumulación de distorsiones, adversidades, dificultades y errores propios, exacerbados por un cerco externo extremadamente agresivo”.

En los últimos años, la isla caribeña ha quedado atrapada en un espiral dramático de hostilidades externas, impulsadas por Washington, y de dificultades internas que han ido erosionando progresivamente la capacidad del Estado para responder a las necesidades de la población. A la intensidad de la crisis se suma el efecto corrosivo de su prolongación en el tiempo: el incremento del cansancio y la desafección política.

Según cifras oficiales, en los últimos seis años el PIB del país se ha desplomado, acumulando una contracción de más del 12 % desde 2019, año en que la economía ya mostraba signos de estancamiento con tendencia a la crisis —que posteriormente la pandemia de COVID-19 terminó por desencadenar—.

Crisis Sanitaria y Desastres Naturales

Durante la segunda mitad de 2025, la situación de la isla caribeña se volvió particularmente difícil. El país se vio afectado por una grave epidemia de arbovirosis, que incluyó dengue y chikungunya. La combinación de factores sanitarios y climáticos contribuyó a la rápida propagación de las enfermedades y a un aumento sostenido de los contagios que se extendió por todo el territorio nacional.

La falta de medicamentos ha hecho que la situación se vuelva aún más crítica. Según las últimas declaraciones de las autoridades, se estima que a inicios de 2026 la epidemia podría estar bajo control.

A finales de octubre, el país fue azotado por el huracán Melissa, que provocó una enorme destrucción en el oriente del país, causando daños considerables en cinco provincias: Guantánamo, Santiago de Cuba, Holguín, Granma y Las Tunas. Se calcula que más de 3,5 millones de personas se vieron afectadas directa o indirectamente por los vientos y las inundaciones.

El impacto del huracán Melissa fue clasificado por la ONU como una catástrofe «enorme». El trabajo de alerta y evacuación temprana del Estado cubano permitió que no se lamentaran fallecidos. Sin embargo, los destrozos afectaron más de 100 mil viviendas y unas 150 mil hectáreas de cultivos, e incluyeron daños significativos en las redes eléctricas, así como en unos 600 centros médicos y 2 mil escuelas.

El paso de Melissa marcó el tercer gran huracán que azota Cuba en los últimos 12 meses. A finales de 2024, los huracanes Rafael y Oscar ya habían causado daños considerables y comprometido gravemente el suministro eléctrico.

En el ámbito internacional, el creciente avance de las extremas derechas a nivel global, vienen configurando un escenario cada vez más adverso para Cuba. En este contexto, la Revolución se enfrenta de manera urgente a los peligros y desafíos impuestos por “poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional”.

El recrudecimiento de la guerra de Estados Unidos contra Cuba

La crisis que atraviesa Cuba resulta inseparable de la persistente agresión con la que la principal potencia del mundo ha buscado, durante décadas, ahogar la Revolución y su proyecto social. El bloqueo, calificado en reiteradas ocasiones ante la Asamblea General de la ONU como “una de las violaciones más graves, prolongadas y sistemáticas del derecho internacional”, ha tenido un efecto devastador sobre la economía y la sociedad cubanas.

Tan solo entre marzo de 2023 y febrero de 2024, el bloqueo provocó pérdidas materiales estimadas en 7.500 millones de dólares, según detalla la última resolución aprobada contra el bloqueo en la ONU.

El año 2025 marcó, además, el inicio del nuevo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca, en el que sectores de la ultraderecha de Florida —que han hecho su carrera política a base de la agresión contra los proyectos de izquierda, progresistas o democrático-populares— alcanzaron una influencia inédita, varios de ellos incluso ocupando posiciones clave en la política exterior.

Un ejemplo de ello es la presencia de Marco Rubio como secretario de Estado, junto con Mauricio Claver-Carone —ambos de origen cubano— como alto responsable de Asuntos del “Hemisferio Occidental” en el Departamento de Estado. Se trata de dos de las principales figuras que han oficiado, durante la última década, como arquitectos de las estrategias de agresión de Washington contra Cuba y Venezuela.

La creciente influencia de la ultraderecha de Florida tiene un correlato directo en la reciente publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, conocida como el «corolario de Trump a la Doctrina Monroe», en la que se explicita la estrategia de remilitarización continental con la que Washington pretende subordinar América Latina y el Caribe.

Desde la llegada de la nueva administración Trump, Washington ha desplegado un conjunto de “ataques quirúrgicos” con los que pretende endurecer aún más el ilegal bloqueo contra Cuba. Un ejemplo de ello son las reiteradas amenazas a terceros países —especialmente a los del Caribe insular— para obligarlos a que abandonen los servicios médicos cubanos que reciben.

A su vez, Washington parece determinada a debilitar el apoyo diplomático que la isla caribeña recibe en su denuncia contra el bloqueo. Si bien este año la resolución presentada por Cuba volvió a recibir un respaldo masivo, con más de 165 votos a favor, Washington desplegó una intensa campaña de presión para alinear nuevos votos en contra de la resolución cubana.

Mediante lo que La Habana calificó como “presiones intimidatorias y engañosas”, Washington logró romper el consenso mayoritariamente unánime de los países europeos y latinoamericanos. Como resultado, este año se sumaron cinco nuevos rechazos (Argentina, Paraguay, Hungría, Macedonia del Norte y Ucrania), mientras que doce países se abstuvieron de votar —en su mayoría países de Europa del Este, con la excepción de Costa Rica—.

El 2026: el centenario de Fidel

Durante la última sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), Cuba declaró oficialmente que 2026 será el año del “Centenario de Fidel”. En el año en que se cumple el centenario del nacimiento del líder histórico de la Revolución, Fidel Castro —y a una década de su fallecimiento—, el país se propone abrir un amplio proceso de reflexión política, histórica y social.

Por más importante que sea, la declaración de la ANPP se trata de una mera formalidad. Fidel no se reduce a una figura histórica. A pesar de la crisis, en los más diversos rincones de la isla es posible escuchar su constante evocación: “Esto no pasaría si Fidel viviera” o la siempre presente pregunta “¿qué haría Fidel si estuviera acá?”.

En la memoria de Fidel, el pueblo cubano condensa la dimensión emotiva y ética de la epopeya revolucionaria. Aquel 29 de noviembre de 2016, reunidos en la misma Plaza de la Revolución que tantas veces había sido escenario de los diálogos inmensos entre el Comandante y su pueblo, una pregunta atravesó el duelo colectivo: “¿Dónde está Fidel?”. Mientras millones de personas despedían sus restos, la respuesta brotó como consigna y como afirmación: “Yo soy Fidel”. Fue un grito repetido hasta el desgarramiento por millones de voces.

La memoria de Fidel es una memoria viva —emotiva y ética— en la que se cifra la historia presente de una epopeya revolucionaria cuyo protagonista principal fue un pueblo que se reconoció a sí mismo como sujeto histórico.

En un contexto complejo, atravesado por la crisis económica y las tensiones internacionales, el nuevo año estará marcado por nuevas publicaciones, foros de debate y actos oficiales, así como por iniciativas impulsadas por fuera de los marcos institucionales. Todas ellas se desplegarán a lo largo de todo el año y formarán parte de un extenso proceso y diálogo de reflexión popular sobre la obra y el legado de Fidel.

La conmemoración aparece como una necesidad urgente de revolucionar la Revolución. Para ello, se necesita —al decir de Fidel— “desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional”, como condición de posibilidad para “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, mediante la decidida intervención del pueblo, “si de lucha se trata”.

El Centenario de Fidel será una oportunidad. Una apuesta política que pueda recuperar la fuerza del pasado no como un ritual burocrático que repita una fraseología vaciada de sentido, ni como un ejercicio nostálgico sobre un tiempo pasado, sino como la oportunidad para formular las preguntas necesarias con las que mirar la adversidad a los ojos e interpelar el presente.

Una brújula

La Revolución es siempre un tiempo en permanente construcción, un tiempo que siempre está por venir. Así lo manifiesta, en conversación con Brasil de Fato, la joven socióloga y activista feminista Anaclara León, quien subraya que el desafío central pasa por reflexionar sobre “cómo ser y cómo construir el futuro”.

“Pueden servirnos como una brújula para cuestionarnos y reflexionar sobre cuál es nuestro papel en el país y en la Revolución, y sobre cómo ser y construir el futuro. Fidel puede ser un aliado en ese camino”, afirma.

Durante 2025, entre muchas otras cosas, se cumplieron 20 años del recordado discurso de Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Aquel día, frente a cientos de jóvenes, Fidel pronunció un largo y punzante discurso.

“¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?”, se preguntaba ante la mirada atenta de los presentes. Con su tono penetrante insistía: “Cuando los que fueron de los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo? Si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos…”.

Durante sus últimos años de vida, las reflexiones de Fidel estuvieron centradas en los peligros que podían amenazar la continuidad de la Revolución. “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse; los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”, aseguró ese día Fidel en su discurso en el Aula Magna. Hoy, ese discurso parece retumbar con especial fuerza entre muchos jóvenes que aún luchan por la Revolución.

“Nos corresponde, en primer lugar, reinventar el futuro del país”, asegura Jorge Daniel García Pérez, estudiante de Periodismo, en conversación con Brasil de Fato. “Fidel nos veía como ese futuro: un futuro de hombres y mujeres de ciencia y de pensamiento. Y ese pensamiento tiene que surgir de la juventud. Creo que debemos reinventarnos y seguir reflexionando sobre qué más podemos hacer por el futuro de la nación”, señala.

Ser “fidelista” implica asumir los desafíos del tiempo presente, abandonar la prédica y los rituales burocráticos, e interrogarse sobre las potencias de la intervención colectiva. Así lo plantea Osbiel Hernández León, estudiante de Historia. “Cuando uno se enfrenta a ese discurso, al verlo o escucharlo por primera vez, encuentra al Comandante señalando la corrupción y afirmando que quien no esté dispuesto a luchar contra la corrupción y el burocratismo debe apartarse y dar paso a quienes se conmueven ante la injusticia”, explica.

Dos décadas después, esa interpelación sigue vigente. “Lo que queda es un ejercicio de introspección: preguntarnos si hoy la juventud —nosotros, como vanguardia— ha logrado enfrentar esos problemas. Es una reflexión profunda: ¿realmente estoy haciendo lo que el Comandante me pidió?”, concluye.

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Fuente: rebelion.org

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