La COMUNALIDAD COMO MÉTODO PARA LA DESCOLONIZACIÓN
La filósofa mexicana Katya Colmenares desarrolla el concepto de comunidad de vida y la comunalidad como pilares fundamentales y herramientas para un proceso de descolonización integral, abarcando no solo lo político y económico, sino también la epistemología y el modo de vida.
Colmenares sostiene que la modernidad occidental es un proyecto civilizatorio que rompió la esencia comunitaria del ser humano, promoviendo el individualismo, la cosificación y la dominación tanto de la naturaleza (Pachamama) como de otros seres humanos, lo que ha conducido a la actual crisis civilizatoria global. Por lo tanto, el camino para salir de este «laberinto moderno» radica en la reconstitución de la comunidad, entendida en su sentido más amplio. La comunidad de vida, en la propuesta de Colmenares, se presenta como una alternativa radical al modelo de la sociedad moderna capitalista. Este concepto va más allá de la comunidad humana; incluye también a la naturaleza, a los ancestros y a los espíritus (ajayus), concibiendo una unidad holística en la que todo está interconectado. Recuperar esta comunidad implica dejar de vernos como propietarios privados o individuos aislados y asumir la corresponsabilidad sobre la reproducción de la vida toda. Esta visión de la vida como un criterio ético y ontológico permite una descolonización profunda, pues se opone a la lógica moderna de la explotación, la acumulación y la fragmentación, proponiendo en su lugar una economía para la vida basada en las necesidades reales y la armonía con el entorno.La comunalidad, inspirada en las prácticas de los pueblos originarios de Abya Yala, se convierte entonces en el método o herramienta práctica para materializar la comunidad de vida y avanzar hacia la descolonización. Colmenares afirma que la esencia humana es comunitaria, por lo que recuperar la comuna es reconstruir la unidad y el verdadero ser humano. La comunalidad implica transformar las estructuras coloniales del pensamiento y la acción, volviendo a poner la reproducción de la vida en el centro del proyecto civilizatorio. Esto requiere, por ejemplo, transformar la educación y los currículos, y avanzar hacia modelos de organización social y económica anti-capitalistas que permitan el Buen Vivir a través de la solidaridad, la diversidad y la justicia en todas las dimensiones de la vida.