La llegada a la presidencia de Bernardo Arévalo en Guatemala generó una expectativa significativa de cambio, especialmente en lo relativo al respeto a los derechos humanos y el Estado de derecho. Su discurso y plataforma prometieron el cese de la persecución política y la criminalización que afectó a jueces, fiscales, periodistas y, sobre todo, a defensores de derechos humanos durante la administración previa. No obstante, a pesar de las promesas de proteger a quienes defienden las causas sociales y la justicia, la realidad inicial del nuevo gobierno muestra una resistencia sistémica al cambio. La estructura de judicialización y persecución que operó en años anteriores parece persistir, manteniendo un clima de riesgo para quienes ejercen la defensa de los derechos, limitando la apertura democrática prometida y frustrando las esperanzas de desmantelar las redes de impunidad.
Esta continuidad de la persecución se evidencia en casos concretos que desafían la narrativa de un nuevo comienzo. El proceso de criminalización contra el jurista y reconocido defensor de derechos humanos Ramón Cadena es un claro ejemplo de cómo el statu quo judicial se mantiene activo. Casos como el suyo, que llevan a defensores al exilio o los mantienen bajo amenaza judicial constante, socavan la confianza en las instituciones de justicia y señalan la necesidad urgente de reformas profundas que garanticen la independencia judicial y la protección efectiva a la labor de los defensores. Si el gobierno de Arévalo no logra desarticular estas estructuras de persecución y revertir los procesos en curso contra figuras clave, la promesa de una «nueva primavera» para la democracia guatemalteca quedará empañada por la sombra de la represión heredada.