Así lo alerta el Informe sobre la Desigualdad Mundial 2026, coordinado por el economista Thomas Piketty y el Laboratorio Mundial sobre la Desigualdad.

El informe es la tercera edición de esta emblemática serie, tras las ediciones de 2018 y 2022, y contribuyen a la mayor base de datos sobre la evolución histórica de la desigualdad mundial.

Estos informes se basan en el trabajo de más de 200 académicos de todo el mundo, afiliados al Laboratorio Mundial sobre la Desigualdad

El documento advierte que el mundo se enfrenta a una disyuntiva histórica: profundizar la concentración extrema de riqueza y poder, o avanzar hacia un modelo de prosperidad compartida que fortalezca la democracia y haga viable la transición climática.

El informe revela que el 10 por ciento más rico de la población mundial obtiene más ingresos que el 90 por ciento restante, mientras que la mitad más pobre apenas capta el 8 por ciento del ingreso global y solo posee el 2 por ciento de la riqueza total.

La concentración es aún más extrema en la cúspide: menos de 60 mil personas (el 0,001% más rico) controlan hoy tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad combinada, una brecha que no deja de ampliarse desde los años noventa.

Desde 1995, la riqueza de los multimillonarios ha crecido a un ritmo cercano al 8 por ciento anual. Este indicador representa casi el doble del crecimiento registrado por la mitad más pobre de la población mundial.

Aunque los ingresos de los sectores más vulnerables han tenido un ligero aumento, estos avances quedan eclipsados por la acumulación acelerada en la cima de la pirámide económica.

El informe subraya que la crisis climática está profundamente ligada a la desigualdad. Quienes menos contaminan son los más expuestos a los impactos de la emergencia climática y los que cuentan con menos recursos para adaptarse.

Esto ocurre a pesar de que el 10 por ciento más rico del planeta es responsable del 77 por ciento de las emisiones globales asociadas a la propiedad del capital privado.

La mitad más pobre del planeta apenas contribuye con el 3 por ciento de las emisiones globales.

La desigualdad también se expresa con fuerza en términos de género. Esto ocurre por que a nivel global, las mujeres realizan más horas de trabajo total, pero ganan en promedio solo el 32 por ciento de lo que perciben los hombres por hora trabajada.

Esta medición considera el esfuerzo que representa el trabajo doméstico y el de cuidados personales no remunerado.

Sin contabilizar el trabajo no remunerado, la brecha sigue siendo alta: las mujeres reciben apenas el 61 por ciento del ingreso horario masculino

El informe muestra una profunda fractura entre regiones. Una persona promedio en América del Norte y Europa gana hasta 13 veces más que alguien en África Subsahariana.

Las brechas son aún mayores en el acceso a oportunidades: el gasto público en educación por niño en África Subsahariana es 40 veces menor que en las economías avanzadas.

Esta situación influye en la perpetuación de las desigualdades de generación en generación

A nivel internacional, el documento denuncia que el sistema financiero global reproduce la desigualdad.

Cada año, cerca del 1 por ciento del PIB mundial fluye netamente de los países pobres hacia los países ricos, debido a diferencias estructurales en tasas de interés, rendimientos financieros y el llamado “privilegio exorbitante” de las monedas de reserva

La creciente desigualdad económica está erosionando la cohesión social y debilitando las democracias.

El informe identifica una fragmentación política cada vez mayor entre territorios, clases sociales y niveles educativos.

La financiación política se concentra de forma desproporcionada en los sectores de mayores ingresos, amplificando la influencia de las élites económicas en las decisiones públicas

Pese al diagnóstico crítico, el informe sostiene que la desigualdad no es inevitable, sino el resultado de decisiones políticas.

La evidencia muestra que la fiscalidad progresiva, las transferencias redistributivas, la inversión en educación y salud, la igualdad de género y la reforma del sistema financiero internacional pueden reducir de manera significativa las brechas económicas y sociales.

Incluso un impuesto mínimo global a los multimillonarios podría movilizar recursos equivalentes a más del 1 por ciento del PIB mundial para enfrentar la crisis climática y social.

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