La celebración de la fiesta de los difuntos, conocida en el mundo andino como Ayamark’ay Killa y con diversas denominaciones a lo largo de Abya Yala, es mucho más que un rito; es una columna vertebral ético-espiritual y política que se alza desde la ancestralidad de nuestros pueblos originarios hasta el presente. Desde finales de octubre hasta los primeros días de noviembre, la algarabía comunal teje un espacio-tiempo sagrado donde la muerte no es un final, sino un tránsito y una presencia activa. Esta conmemoración desmantela el individualismo fugaz de la modernidad al reafirmar el carácter comunal de la existencia. Las ofrendas, los bailes y la música no son actos solitarios, sino ejercicios de cuidado y crianza mutua que extienden el vínculo familiar y comunitario a la totalidad del cosmos, incluyendo a los que partieron.
Esta profunda dimensión de interconexión y coresponsabilidad cósmica se erige como una praxis vital contra la lógica de la violencia y la destrucción que impera en el mundo contemporáneo. En Ayamark’ay Killa, la comunidad cósmica se nutre y se fortalece; los vivos alimentan la memoria de los muertos, y los ancestros, a su vez, bendicen y cuidan la vida de los que quedan, sembrando fertilidad y sabiduría. Este acto de convivencia con la muerte y la vida en un mismo plano subraya una ética de la reciprocidad inquebrantable, una apuesta por la vida plena que desafía cualquier sistema que priorice la ganancia o la destrucción sobre el sostenimiento de la coexistencia.
En los altares de Abya Yala, la fiesta de los difuntos se convierte también en un acto de resistencia y subversión religiosa de incalculable valor. Al honrar a nuestros propios muertos, en nuestros propios términos y calendarios, se reafirma la autonomía espiritual frente a las narrativas coloniales y neo-coloniales que buscan homogeneizar la fe y la memoria.